Sabías que esto no podía quedar así, y ese nudo en el estómago te trajo hasta aquí. Don Toño apretó los puños dentro de los bolsillos de su pantalón gastado, sintiendo la humillación treparle por el cuello como un calor amargo. Ni siquiera había terminado de cerrar la puerta de su taxi cuando el eco de las palabras del gerente todavía le retumbaba en los oídos.
—¡Largo de mi vista, muerto de hambre! —le había escupido el hombre de traje impecable, con una mueca de asco que le arrugó la cara como si estuviera oliendo basura.
Don Toño caminó despacio los tres metros que lo separaban de su viejo automóvil, un Chevrolet azul del año ochenta y nueve que era su herramienta de trabajo y su única herencia. La puerta del conductor rechinó al abrirse, como siempre, y él se sentó sin encender el motor, mirando al frente sin ver nada.
Tenía las manos temblorosas.
No era miedo lo que sentía, sino una mezcla extraña de resignación y asombro. Llevaba veintitrés años manejando taxi en esta ciudad, de sol a sol, bajo el sol inclemente y bajo la lluvia que a veces inundaba las avenidas. Había visto de todo: pasajeros borrachos, señoras apuradas, ejecutivos que hablaban por teléfono como si el mundo les perteneciera. Pero nunca, jamás, había visto a un hombre tan cruel con un simple acto de buena fe.
Él solo quería devolver lo que no era suyo.
La billetera apareció en el asiento trasero alrededor de las seis y media de la tarde. Una billetera de cuero color caramelo, suave al tacto, con una hebilla dorada que brillaba como el sol de las cinco. Don Toño la encontró al estacionarse en la esquina de la avenida principal para tomar un refresco en la tiendita de doña Chuy, que siempre le daba cambio de a peso y hasta le guardaba su hielera con agua.
—¿Qué es esto? —murmuró, alargando el brazo hacia el asiento trasero.
Era la clase de billetera que él jamás podría comprar, ni siquiera con el salario de un mes entero. La abrió con curiosidad, sintiendo el cuero suave bajo sus dedos ásperos, y encontró lo que esperaba: dinero, mucho dinero. Billetes de a quinientos, de a doscientos, de a mil. Los contó rápido con el pulgar, sintiendo la textura del papel moneda que rara vez veía junto.
—Santo Dios —dijo, sin poder evitarlo.
Pero lo que más le llamó la atención no fue el dinero, sino las tarjetas. Una, dos, tres, cuatro tarjetas de crédito, cada una con un nombre grabado en relieve: María Fernanda del Valle Soto. Debajo de las tarjetas, una licencia de conducir con la foto de una mujer elegante, de cabello castaño recogido, sonrisa perfecta y ojos claros que la hacían ver como salida de una novela. La dirección era de la colonia Las Lomas, una de las zonas más exclusivas de la ciudad, donde las casas tenían jardines más grandes que la casa entera de Don Toño.
—Ay, señora —murmuró, guardando la billetera en la guantera con cuidado—, usted ni cuenta se ha dado de que perdió esto.
Podría haberse quedado con el dinero. Pensó en ello, por supuesto. Durante quizás dos segundos, la idea pasó por su mente con la rapidez de un relámpago: con ese dinero podría pagar el tratamiento de su hermana Rosa, que llevaba tres meses luchando contra una infección en los riñones que le tenía los ahorros vacíos. Podría arreglar el techo de su casa, que llevaba dos años goteando cada vez que llovía. Podría comprarle unos zapatos nuevos a su hijo Luisito, que había crecido tanto que las zapatillas le quedaban apretadas.
Pero Don Toño era hombre de principios, de esos que cada vez escasean más, de los que su madre le inculcó desde niño: «Hijo, si no es tuyo, no lo toques. La bendición viene de devolver lo que se te ha confiado.»
Así que encendió el motor y condujo hacia Las Lomas.
El restaurante se llamaba El Mirador, un lugar de lujo donde los platillos costaban lo que Don Toño ganaba en una semana. Tenía una fachada de piedra gris con letras doradas, luces cálidas que iluminaban la entrada, una fila de autos de lujo estacionados frente a la puerta. Camionetas blindadas, carros deportivos, un par de Mercedes Benz que parecían recién salidos de la agencia.
Y entre todo eso, una camioneta blanca de vidrios polarizados estaba estacionada en la puerta, con el motor aún tibio, como si acabara de llegar. Don Toño no tuvo dudas: esa era la camioneta de la señora de la billetera. La había visto bajar de ahí hacía unos minutos, cuando él se detuvo en el semáforo de la esquina y ella salió del vehículo justo cuando él pasaba. La billetera, probablemente, se le cayó del bolso de mano en el forcejeo de bajar del asiento del conductor.
—Ahí está —se dijo, estacionándose frente a la entrada—. Ahora nomás la devuelvo y me voy.
Se bajó del taxi, con la billetera apretada contra el pecho como si llevara un tesoro. Y lo era, en algún sentido. Era la prueba de que todavía quedaba gente buena en este mundo, gente que devolvía lo que encontraba sin esperar nada a cambio.
El guardia de seguridad de la entrada lo miró de arriba abajo con una expresión que no dejaba lugar a dudas. Pero eso era lo de menos. Don Toño iba decidido, con su camisa a cuadros remangada, su pantalón de mezclilla cepillado y sus zapatos de vestir viejos pero bien lustrados. Iba con la intención de hacer lo correcto, y eso le daba un porte que ni el gerente más elegante podría superar.
Fue entonces cuando el gerente salió por la puerta principal.
—¡Oye, detente ahí!
La voz era tan autoritaria que Don Toño se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra una pared invisible. El gerente era un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años, con un traje azul oscuro impoluto y corbata plateada. Tenía la cabeza cuadrada, el cabello peinado hacia atrás con gel, y una expresión de arrogancia tan natural que parecía haber nacido con ella. En su solapa brillaba un gafete que decía: Lic. Rodolfo Camargo, Gerente General.
—¿Disculpe? —preguntó Don Toño, parpadeando.
—No hay nada que disculpar —respondió el hombre, acercándose con paso firme, las manos en los bolsillos del pantalón—. Un chofer como tú no entra a este lugar. Esto es un restaurante de clase, no una fonda de carretera.
Don Toño sintió el golpe directo en el estómago. No era la primera vez que lo humillaban, claro. En esta ciudad, los conductores de taxi eran invisibles para la gente de dinero, cuando no eran directamente despreciados. Pero que le dijeran eso con tanta crueldad, frente a la puerta de un restaurante iluminado como un escaparate, era otra cosa.
—Mire, patrón —comenzó Don Toño, alzando una mano, con la billetera asomando entre la camisa—, la señora de la camioneta se le cayó esta billetera cuando bajaba.
—¿Qué?
Los ojos del gerente se desplazaron de la cara de Don Toño a la billetera, y luego, con una lentitud casi cinematográfica, se posaron en los billetes que asomaban por la ranura. El cambio en su actitud fue inmediato, casi aterrador. La arrogancia se transformó en avaricia en cuestión de segundos.
—¿Ves lo que acabas de hacer? —dijo, riendo entre dientes—. Muy amable de tu parte, muchacho. Muy honesto. Pero eso no significa que puedas entrar. Esto no es cualquier lugar.
—Solo quiero devolverla, patrón —insistió Don Toño, con la voz gastada, sintiendo el cansancio en los huesos—. La señora de la camioneta blanca, la de los vidrios polarizados. Ella bajó apurada y se le cayó, seguro sin querer.
—¿La señora de la camioneta blanca?
—Sí, patrón. La de la licencia de conducir que está aquí adentro. María Fernanda del Valle Soto.
El gerente, Licenciado Rodolfo Camargo, entrecerró los ojos como un depredador que ve a su presa. Parpadeó una, dos veces, asimilando la información. María Fernanda del Valle Soto, la esposa del dueño del banco más grande de la región. Una mujer con tanto dinero que ni él, con su sueldo de gerente, había podido acercársele jamás en sociedad. Una mujer que dejaba propinas de miles de pesos cuando el servicio era excelente.
Y allí estaba su billetera, gorda de dinero, en manos de un chofer mugriento.
—Dámela acá, muerto de hambre —ordenó el gerente, alargando la mano con dedos largos y afilados, como garras.
Don Toño dudó un segundo. Solo un segundo.
—Yo… yo solo quería entregársela a la señora directamente.
—¿Y quién crees que eres para hablarle tú a la señora del Valle? —soltó el gerente con una risa despectiva, moviendo la cabeza como quien habla con una criatura inferior—. Ella está cenando, no tiene tiempo para recibir a cualquier taxista que se le acerque. Además, yo tengo su teléfono en mis registros. Yo me la daré personalmente.
—Pero, patrón…
—¡Dámela, te digo!
Don Toño sintió cómo la billetera le era arrebatada con violencia, el cuero resbalando entre sus dedos. El gerente la abrió frente a él, con una calma estudiada, y fue sacando los billetes uno por uno, contándolos despacio, como si estuviera saboreando cada hoja de papel moneda.
—Cincuenta y dos mil pesos —murmuró, meneando la cabeza con una sonrisa de satisfacción—. La señora del Valle no va a extrañar estos centavos, pero yo sí que los necesito para cubrir algunos gastos imprevistos.
Don Toño lo miró sin entender.
—¿Qué está diciendo?
—Nada, nada —respondió el gerente, guardando la billetera en su bolsillo interior del saco, junto al pecho—. Tú ya hiciste tu buena acción del día. Ahora largo de aquí, que no quiero que la gente confunda mi restaurante con una estación de taxi.
—Eso… eso no es de usted —balbuceó Don Toño, sintiendo la indignación subirle por la garganta—. Esa billetera es de la señora.
—¿Ah sí? ¿Y quién te crees tú para decirme a mí qué es mío y qué no? —El gerente dio un paso al frente, y su corpulencia lo hizo parecer aún más amenazante—. ¡Largo de mi vista, muerto de hambre! ¡Si no te vas ahora mismo, llamo a la policía y les digo que tú intentaste robarte la billetera!
Don Toño retrocedió, con el corazón latiendo fuerte en el pecho. Quiso decir algo, quiso gritar, quiso recuperar la billetera que con tanto esfuerzo había decidido devolver. Pero del interior del restaurante llegó la voz de un mesero pidiendo al gerente por el teléfono, y Rodolfo Camargo le dio la espalda con desdén, subiendo los escalones de la entrada hacia la puerta de vidrio.
— Ya me dijo, joven —dijo el gerente, sin mirar atrás—. Usted a lo suyo y yo a lo mío.
Don Toño se quedó parado en medio de la banqueta iluminada, sintiendo la luz cálida de las lámparas del restaurante caerle encima. Dentro de su pecho, el orgullo y la justicia libraban una guerra silenciosa. ¿Qué más podía hacer? ¿Tocar la puerta? ¿Enfrentarse al gerente con las manos vacías, con una palabra contra otra?
Los veintitrés años de taxista le habían enseñado que la gente con dinero casi siempre salía ganando.
Así que se dio media vuelta, tragándose la bronca como tragaba el polvo de las calles cada día, y caminó hacia su taxi con el pecho ardiendo de impotencia. Abrió la puerta, se sentó al volante, y golpeó el tablero con las dos palmas abiertas, apretando los dientes con una fuerza que le dolía la mandíbula.
—No puede ser —murmuró para sí mismo, con los ojos fijos en el parabrisas—. No puede ser que la gente sea tan perra.
Al otro lado del vidrio, dentro del restaurante iluminado con luces cálidas y manteles de lino blanco, una mesera de nombre Caro se había detenido justo detrás de la puerta principal, con una bandeja de plata en las manos temblorosas.
Carolina tenía veintitrés años y llevaba ocho meses trabajando en El Mirador, desde que su tía le consiguió el puesto de mesera gracias a que conocía a uno de los chefs. Era morena, de cabello rizado recogido en una coleta, con los brazos fuertes de cargar bandejas y una memoria prodigiosa para registrar todo lo que veía. No era de las que se quedaba callada cuando algo era injusto, aunque en este trabajo había aprendido a morderse la lengua frente al gerente.
Pero esa noche, algo dentro de ella se rompió.
Había visto todo. Desde el momento en que el taxista se detuvo frente a la entrada, con la billetera en la mano, ella estaba detrás de la puerta, reacomodando los cubiertos en la mesa de la terraza que da hacia la calle. Había visto la expresión de buena fe en el rostro arrugado del chofer, la manera en que ofrecía la billetera con respeto, con humildad. Y había visto a Rodolfo Camargo, con su traje azul, arrebatarla como se le arrebata una cocada a un niño pequeño en un recreo.
—Cómo es posible —murmuró, sin atreverse aún a moverse.
Rodolfo entró al restaurante con la billetera de la señora del Valle en el bolsillo del saco, y antes de desaparecer hacia la oficina, miró a Caro con una sonrisa forzada y le dijo:
—¿Qué miras tú? ¿No tienes mesas que atender?
—Estoy atendiendo, licenciado —respondió ella, con la voz firme, mirándolo a los ojos.
—Pues atiende mejor, que no quiero que la clientela se entere de que aquí se junta gente rara.
Caro sintió un escalofrío de asco recorrerle la espalda. Sabía que el gerente era un hombre abusivo y que trataba mal a sus compañeros, pero nunca lo había visto robarse la billetera de una clienta frente a todo el mundo. Nunca lo había visto humillar a alguien que venía a hacer una buena acción.
Rodolfo desapareció hacia el fondo del restaurante, hacia la puerta que conducía a la oficina privada. Caro se quedó quieta, mirando su reflejo en el cristal de la puerta, pensando en lo que acababa de ver. El taxi azul seguía estacionado en la banqueta, encendido, pero el conductor no se iba.
Don Toño tenía las manos en el volante, la frente apoyada en ellas. Podía sentir las lágrimas calientes caer por sus mejillas, que él se apresuraba a limpiar con el dorso de la mano, avergonzado incluso de sí mismo. ¿Qué diría su madre, que en paz descanse, si lo viera llorar por una billetera ajena? Pero no lloraba por el dinero, ni por la humillación, sino por esa sensación de impotencia tan profunda que le dolía hasta el alma.
Era tan injusto.
Llevaba toda la vida haciendo lo correcto, sin pedir nada a cambio. Devolvía celulares perdidos en el asiento trasero, ayudaba a cargar las bolsas del super, cobraba menos a las señoras mayores y perdía dinero en el camino para que los pasajeros con prisa llegaran a tiempo a sus citas. Y todo eso, ¿para qué? Para que un tipo con traje le pisoteara la dignidad y le robara la recompensa de haber hecho algo bueno.
Don Toño levantó la cabeza y miró el restaurante a través del parabrisas. Las luces cálidas brillaban como diamantes de fuego, y a través de los ventanales alcanzó a ver la silueta de una mujer elegante, de cabello castaño recogido, que reía con una copa de vino en la mano. Era la señora de la billetera, seguro, disfrazada de felicidad, asomándose a un mundo donde las cosas se compraban y se vendían sin que el corazón interviniera.
Ella no sabía que su billetera estaba a unos metros, bajo el saco de un ladrón. Ella no sabía que su dinero estaba siendo contado en la oficina privada de un gerente avaricioso.
El celular de Don Toño sonó en la guantera, y él lo sacó con manos torpes. Era un mensaje de su hermana Rosa: «¿Vendrás a visitarme hoy? El doctor dice que las noticias son buenas.»
Don Toño respiró profundo y respondió con dedos temblorosos: «Llego pronto, hermanita. Te llevo algo de cenar.»
Y entonces, en medio de tanta oscuridad, como si el destino quisiera darle una oportunidad a la justicia, Don Toño vio algo en el espejo retrovisor que le cambió la expresión del rostro. Un brillo plateado en el asiento trasero, que se había deslizado durante el forcejeo. El celular de la señora, que también se le había caído en el taxi y que él había olvidado por completo, hasta ahora.
Se giró, lo tomó con cuidado. Era un iPhone último modelo, con una funda color rosa pálido y una carita sonriente tallada en el lomo. La pantalla se encendió con solo tocarla: la señora del Valle no tenía código de bloqueo.
En ese momento, Don Toño sintió que el corazón le latía más fuerte, no de miedo sino de esperanza.
Sabía lo que tenía que hacer.
Afuera, en el restaurante, Caro había terminado de servir su mesa y caminaba hacia el vestidor cuando se cruzó con el gerente de vuelta, que salía de su oficina con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Su andar era ligero, orgulloso, como un pavo real. Se había puesto la billetera en el bolsillo trasero del pantalón sin dejar de tocarse el bulto con la mano, y hasta le canturreaba una canción.
—Buena noche, Caro —le dijo, guiñándole un ojo—. Que tengas buenas propinas.
—Buenas noches, licenciado.
Cuando el gerente desapareció por la puerta de los sanitarios, Caro miró hacia la ventana y vio la silueta del taxista encorvado sobre el volante, con el celular en la mano. La curiosidad le ganó al miedo, y sin dudarlo, sacó su propio celular del bolsillo del delantal y abrió la cámara, ajustando el zoom. Grabó durante unos segundos, solo para documentar lo que veía, por si acaso. Y guardó el video.
Quince minutos después, Don Toño volvió a bajarse del taxi. Ya había hecho lo que tenía que hacer. Había encontrado en la agenda del teléfono el número de la señora del Valle, y le había escrito un mensaje directo: «Buenas noches, señora. Encontré su billetera y su celular. Por favor, no se mueva, se la llevo yo mismo.»
La respuesta no tardó en llegar: «¿Quién es este número?»
Don Toño le aclaró quién era, cómo había llegado a tener la billetera y, sobre todo, le dijo la parte que más le costó escribir: «Se la entregué al gerente del restaurante porque me dijo que él se encargaría de devolvérsela. Pero yo la había dejado ahí por si acaso, escondida en la maceta de la entrada, por si usted quería volver a verla.»
La señora del Valle leyó el mensaje con el ceño fruncido, sentada frente a una copa de vino que ya no saboreaba.
Porque Don Toño, el humilde taxista, había decidido no confiar en el gerente desde el primer momento.
Cuando sintió el arrebato de la billetera, en ese segundo de duda, algo en su instinto le dijo que esa billetera volvería a estar vacía en la oficina del gerente. Así que, mientras forcejeaba con los botones de la camisa, aprovechó para sacar los billetes de la billetera y esconderlos en la guantera de su taxi, donde aún estaban guardados.
La billetera que el gerente se había guardado estaba vacía.
El dinero, los cincuenta y dos mil pesos, seguían en manos de Don Toño, envueltos en un pañuelo a cuadros que su madre le había regalado. Él no pensaba quedárselos, claro. Solo quería morir con la conciencia limpia, mirando al gerente a los ojos para decirle: «¿Ves? La honestidad siempre encuentra el camino.»
Afuera, en la banqueta, Don Toño esperaba con el pañuelo lleno de billetes en la mano, decidido a esperar a la señora del Valle salga del restaurante y entregarle su dinero y su celular a ella directamente, sin intermediarios.
Y fue en ese momento, con la mano levantada y el corazón palpitando tan fuerte que se le escuchaba, cuando Caro salió del restaurante con la bandeja de plata temblándole en las manos y una sonrisa de justicia en los labios, cargando el celular de la señora del Valle, que se le había olvidado en la mesa, en su bolso.
Ella miró a Don Toño, el taxista de la mirada infinita y la camisa humilde, y supo que su momento había llegado.
—Señor —lo llamó, con la voz firme—. Usted perdió esto.
Don Toño levantó la vista, sin entender. Caro señaló al interior del restaurante, hacia el gerente que ya salía del baño con las manos lavadas y una sonrisa de suficiencia, y le dijo, bajando la voz:
—Sé muy bien lo que hizo con la billetera de la señora del Valle. Yo vi todo. Tenemos que hacer algo. Y usted sabe exactamente qué es lo que hay que hacer.
Don Toño sintió que el calor volvía a su pecho, como el sol que se asoma después de una tormenta.
—Sí —respondió con la voz ronca—. Yo sé exactamente qué hacer.
Y entonces, tomó el celular que Caro le ofrecía, y le escribió a la señora del Valle el último mensaje de la noche:
«Señora, la billetera está vacía. El dinero fue robado. Yo soy el taxista que la encontró. Espero en la banqueta para devolverle lo que es suyo.»
El celular en la mano de la señora del Valle vibró con intensidad. Lo leyó.
Y con las manos temblorosas de rabia, se levantó de la mesa.
Segundos después, la puerta principal del restaurante se abrió con tal fuerza que Caro y Don Toño dieron un paso atrás. La señora del Valle apareció en la entrada, con el vestido negro esculpido y los ojos inyectados de furia, la mano apretando el celular.
—¡¿DÓNDE ESTÁ EL LICENCIADO CAMARGO?! —su voz cruzó el estacionamiento como un trueno.
Adentro, Rodolfo Camargo se puso pálido como un papel. Sus pies tropezaron con la alfombra y su corazón se detuvo cuando todos los comensales del restaurante giraron la mirada hacia la puerta, hacia la mujer que caminaba con pasos firmes, con esa billetera vacía que le temblaba en la mano.
—¿Esto es lo que usted llama servicio al cliente? —preguntó la señora del Valle, sosteniendo la billetera en lo alto, mostrando su interior vacío—. ¿Este es el restaurant de lujo que me recomienda la presidencia de mi banco?
El gerente intentó articular palabra, pero solo un balbuceo salió de sus labios. Los comensales comenzaron a murmurar. Alguien sacó un celular para grabar.
—Don —dijo la señora del Valle, girando hacia la puerta donde Don Toño seguía de pie, con el pañuelo lleno de dinero en la mano—. ¿Cómo se llama usted?
—Toño, señora. Don Toño —respondió él, con la voz gastada pero el corazón en alto.
—Don Toño —repitió la señora del Valle, acercándose con pasos seguros—. ¿Cuánto dinero había en la billetera?
—Cincuenta y dos mil pesos, señora. Los tengo aquí, todos. En este pañuelo.
Y como si la justicia quisiera materializarse, Don Toño abrió el pañuelo y mostró los billetes perfectamente ordenados. La señora del Valle los contó con los ojos, y luego miró a Don Toño con una mezcla de asombro, vergüenza y emoción.
—Usted encontró esto en su taxi —dijo, con la voz temblorosa—. Podría habérselo quedado.
—No es mío, señora. Yo solo lo estaba cuidando.
Dos lágrimas se escaparon de los ojos oscuros de la señora del Valle, que se apresuró a disimularlas con una risa nerviosa.
—Lo que acaba de hacer es lo más decente que he visto en años —dijo, tendiéndole las manos para recibir el dinero—. Y lo que este… —señaló al gerente con un dedo acusador—… este ladrón con traje intentó hacer, no quedará impune. Esta noche mismo llamaré a su jefe, y con eso, señor Camargo, usted está despedido. Y con una demanda por robo, para que se le quite lo malnacido.
Rodolfo Camargo sintió que el piso se hundía bajo sus pies. Intentó huir, pero dos meseros que habían visto todo le cerraron el paso, tomándolo de los brazos mientras farfullaba excusas ininteligibles.
Solo quedó entre la luz del restaurante, el buen hombre, y la mujer agradecida.
—Venga, Don Toño —dijo la señora del Valle, señalando el taxi como quien señala el carruaje de una reina—. Necesito que me acompañe. Vámonos, que esta noche usted y yo tenemos mucho de qué hablar.
Y mientras el taxi azul se alejaba por la avenida, con la señora del Valle dentro, las luces del restaurante El Mirador se apagaron una a una, dejando a Rodolfo Camargo en la oscuridad, esposado por la seguridad del lugar, con los comensales que quedaron mirándolo con desprecio.
Días después, Don Toño recibió en su casa una carta con el logo del banco de la señora del Valle y una simple tarjeta: «Gracias, Don Toño. La ciudad necesita más personas como usted. Su conducta me recuerda que todavía hay héroes sin capa que piden permiso para pasar.»
Pero no hubo premio grandioso, no hubo millones en ese sobre. Solo una tarjeta firmada de puño y letra por María Fernanda del Valle Soto.
Don Toño la colocó sobre la repisa de su casa, junto a la foto de su madre, y guardó el recuerdo de aquella noche como su tesoro más valioso.
Porque hay cosas que el dinero no compra: la dignidad, la honestidad, la satisfacción de saber que uno hizo lo correcto incluso cuando el mundo entero te empuja a hacer lo contrario.
Y esa noche, mientras el taxi azul se perdía en el horizonte con una mujer rica que agradecía llorando a un hombre humilde que devolvió lo que no era suyo, alguien en Las Lomas escuchó una historia de esas que se cuentan de generación en generación.
La historia de un chofer que pudo robar y no robó.
La historia de cómo la avaricia recibió su merecido, y la honestidad, su pequeña y silenciosa victoria.
Porque en este mundo, los héroes no siempre usan capa.
A veces, solo usan un uniforme azul con una placa que dice taxi.
Y guardan el pañuelo de su madre bien adentro del bolsillo, protegido como se protege lo que más se quiere: la esperanza de que todavía queda gente buena, de que la justicia, aunque tarde, siempre llega.
Don Toño sonrió, arrancó el motor, y fue a visitar a su hermana Rosa.
Hay cosas que pesan más que el dinero: el alma tranquila de un hombre honesto.




