Retomamos exactamente donde quedó la escena, con Alejandro sosteniendo aquel recibo que ahora brillaba como una prueba maldita.
El nombre del lugar impreso en el papel era un lugar que Alejandro conocía bien.
Iba cada mes, puntual, para controlar su diabetes. Era un laboratorio clínico del otro lado de la ciudad, a cuarenta minutos de su casa. Y aunque al principio no entendió por qué Valeria tendría un recibo de ahí, las cifras que aparecían abajo hicieron que un sudor frío le recorriera la espalda.
Prueba de paternidad. Resultados: 99.9% de coincidencia genética.
El corazón le dio un vuelco.
—Prueba de paternidad… —murmuró, sin dar crédito a lo que sus ojos estaban leyendo.
¿A quién le estaba haciendo Valeria una prueba de paternidad? ¿Desde cuándo? Y si se hacía esa prueba, ¿era porque creía que estaba embarazada? ¿O porque ya tenía un hijo, un secreto que había ocultado durante los dos últimos años?
Las preguntas se amontonaron, confusas y dolorosas.
Todo era un caos.
Alejandro se puso de pie, con las manos aún temblando, y caminó hacia el dormitorio. Abrió el cajón de las medias de Valeria, donde ella siempre escondía sus cosas privadas. ¿Qué más estaría escondiendo ella?
Fue entonces cuando encontró la foto.
Una foto arrugada, como si la hubieran estrujado con furia o con pena. En ella aparecía Valeria, tres o cuatro años más joven, cargando a un bebé. Sonreía. Era la misma sonrisa que él le había conocido. Pero la foto no estaba tomada en la casa donde ahora vivían. El fondo era un departamento pequeño, con cortinas que caían a los costados, y detrás de Valeria, en una esquina, la silueta de un hombre.
No era él.
Definitivamente no era él.
Alejandro tuvo que sostenerse del marco de la cama para no caer. Su mente empezó a atar cabos sueltos, tratando de reconstruir el pasado de la mujer que había creído conocer. Y poco a poco, como quien arma un rompecabezas del que solo tiene algunas piezas, empezó a recordar.
La noche en que la conoció, en la fiesta de un amigo, se había ido temprano y lo había pasado mal. Valeria estaba sentada en una esquina, tomando vino sola, con los ojos hinchados. Él, borracho de soledad y de ganas de encontrar amor, había visto en ella una mujer herida, alguien que necesitaba compañía tanto como él. La invitó a bailar. Se quedaron hasta el amanecer hablando de todo y de nada. En esos meses, ella se convirtió en su mundo.
Pero nunca llegó a preguntarle por qué estaba llorando esa noche.
Nunca le preguntó sobre el departamento vacío que dejó atrás, ni sobre el hombre de la foto.
Él tampoco quiso saber. Estaba demasiado enamorado para revisar el pasado de la mujer con quien quería construir un futuro.
Ahora, con esa foto estrujada en la mano, el futuro se tambaleaba.
—¿Y si nunca fue mía? —murmuró, mirando la imagen una y otra vez, como si pudiera arrancar la verdad de sus rostros.
Apretó la foto contra su pecho y sintió las lágrimas caer por primera vez. Lágrimas no solo por la infidelidad. Lágrimas por la vida que creyó tener y que, probablemente, nunca había existido.
Y ahí estaba la segunda respuesta.
Porque el recibo del laboratorio tenía una fecha: de seis meses antes. Y una muestra de ADN, no de un bebé, sino de un niño que ya tenía la edad de la criatura de la foto.
Desesperado, Alejandro marcó un número en su móvil, uno que hacía años que no usaba. El de la madre de Valeria, una mujer que siempre le había caído bien, y con la que Valeria apenas hablaba desde hace dos años. Cuando ella respondió, su voz temblaba.
—¿Alejandro? ¿Qué pasó?
También la suya, rota, fue directa:
—¿Hay algo que yo deba saber acerca de Valeria? ¿Algo que ella nunca me contó?
El silencio al otro lado fue la respuesta más elocuente. Cuando finalmente la madre habló, se escuchó más arrepentida que sorprendida.
—¿Nunca te contó? —dijo, y su voz se apagó en un suspiro—. Valeria trabajó como niñera para una familia muy adinerada antes de casarse contigo. Cuidaba a un niño pequeño. Al parecer, el hijo de su empleador se encariñó mucho con ella. Tal vez… tal vez por eso la están buscando.
Alejandro apenas podía respirar.
—Ella no es la madre de ese bebé —confirmó la madre—. Pero hay algo que debes ver. Algo que ella nunca quiso que supieras, porque le daba vergüenza y le dolía. Necesito que vengas ahora.
Y así, con el corazón destrozado y la curiosidad ardiente, Alejandro agarró las llaves de su camioneta, sin siquiera cambiarse la ropa.
La casa de la madre de Valeria estaba a veinte minutos. Pero para él, el camino se hizo eterno. Con cada semáforo en rojo, su mente se llenaba de más preguntas, más culpa, más furia.
—¿Qué más me has ocultado? —se preguntó en voz alta, apretando el volante con fuerza tal que los nudillos se le pusieron blancos.
Al llegar, la madre lo recibió en la puerta con los ojos llenos de lágrimas y una caja de zapatos en las manos.
—Esto era lo que ella nunca quiso que vieras, Alejandro. Ten miedo de perderte. Y tal vez por eso guardó un secreto tan grande —dijo, extendiéndole la caja—. Ten. Es tu derecho saberlo.
Alejandro abrió la caja con manos torpes. El primer objeto que salió de ella lo hizo retroceder, con el corazón deteniéndose por completo:
Una camisa. Una camisa infantil.
Y un papel con un nombre que lo fulminó.
Fernando Alejandro Morales Ramírez. Edad: 2 años. Padre: Alejandro Morales.
—¿Yo? —susurró—. Él… ¿él es mío?
La madre asintió, mordiéndose los labios para no llorar.
—Tu hijo, Alejandro. Tu hijo que Valeria escondió de ti porque cuando quedó embarazada, tú acababas de conseguir un buen trabajo y ella tenía miedo de que no quisieras tenerlo en ese momento. La dejé que tomara esa decisión por ti y me arrepiento todos los días. Ella lo entregó. Lo dejó con una familia adoptiva. Y por eso lleva tu nombre.
Alejandro cayó de rodillas en el pasillo de esa casa, con el papel en las manos. La rabia que sentía hacia ella se mezclaba ahora con el dolor de un amor que no sabía cómo disculparse.
—Maldita sea, Valeria —susurró—. ¿Por qué?
La respuesta no llegó de inmediato. Pero una certeza se instaló en su pecho con fuerza implacable. Esa camisa que apareció misteriosamente en su casa, y la prueba de paternidad, habían hecho que todo cobrara sentido.
Valeria no estaba teniendo una aventura. Estaba tratando de encontrar a su hijo. Al hijo de ambos. Y el hombre de la camisa… era el padre adoptivo que, en algún giro extraño, se estaba convirtiendo en una sombra más en esa historia.
Ella había llevado esa camisa a su casa porque la había robado, literalmente, del lugar donde dormía el pequeño, para tener algo de él aferrado al corazón. Había estado salvando sus memorias, y alejando la culpa, y hundiéndose sola en la angustia.
Y él, cegado por los celos y el dolor, no le había dado la oportunidad de explicarse.
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